jueves, 19 de julio de 2007

Viaje a Cuba: tercer día, 7 de julio

(Sigo con las notas que tomé en mi viaje a Cuba, del 5 al 12 de julio, con mi mujer Rana y mi cuñada Maiada.)

Por la mañana vimos mucha gente en la calle y oímos música desde la habitación del hotel, así que salimos después de desayunar. Nos encontramos con un pasacalle, y un poco más arriba un gran corro de gente. En el centro había un par de chavales cantando hip hop; luego unos payasos; y luego los alumnos de una escuela de artes marciales. Fue impresionante ver a tantísimos niños y jóvenes tan disciplinados y haciendo semejantes acrobacias, eran muy buenos.

Cuando nos cansamos (hacía mucho calor y era todo al sol) nos fuimos rápidamente a buscar un taxi, porque ya era mediodía. Fuimos directamente al Museo de Bellas Artes, a la parte de arte cubano. Mi falta de sueño la noche anterior (cenamos tarde y nos fuimos a la cama a continuación) hizo que me fallara la concentración y me cansé a la mitad. Aunque resulta curioso cómo la mente empieza a liberar ideas por su cuenta cuando no la controlas... imágines que se forman por inspiración de otras, si hubiera sabido pintar habría podido sacar algo nuevo de allí.


El caso es que me paré a descansar al lado de los servicios, y dos vigilantes de museo de los muchos que había se pusieron a hablar conmigo. Me contaron un poco sobre cómo viven ellos aquí, y como parecían muy ilusionados con la idea que tenían sobre Canadá, les puse un par de ejemplos (alquileres, hipotecas, tasas de universidad). La conclusión que saqué de ellos es que, si cobraran sueldos decentes (el gobierno les paga muy poco), o si pudieran ganar dinero de otra manera con su esfuerzo, nunca querrían irse de Cuba.

Tras el museo fuimos de nuevo al Capitolio. Ahora es un museo (no se ha usado para gobernar desde los años veinte, creo). Tienen dos estatuas de bronce enormes a la entrada, una de Minerva dentro (la tercera estatua a cubierto más grande del mundo) y grandiosas salas con decoraciones coloniales y barrocas.


Rana y yo queríamos invitar a Maiada a un restaurante lujoso que vimos en la Habana vieja, para celebrar su reciente cumpleaños, pero no se dejó así que entramos en otro más para turistas de a pie. La combinación de marisco y mojitos nos ha dejado a la vez en el cielo y por los suelos. Y todavía queremos ir al barrio chino, y a la cafetería "La Floridita" a tomar uno de sus famosísimos daiquirís (dicen que Hemingway, asiduo cliente, colaboró en la receta). No sé si nos queda energía...

Pues sí que nos quedaba. Tras una parada en el Hotel Inglaterra para ir a los servicios (los conocíamos de un café ayer, está difícil encontrar baños con agua y papel a la vez) fuimos en busca del barrio chino. Nada que ver con el Chinatown de Montreal: el de aquí se reduce a una callejuela estrecha y tortuosa, flanqueada por restaurantes a los dos lados. A pesar de no ser muy larga, los insistentes camareros que te salen al paso hacen el camino lento y pesado.


Ahora estamos en "La Floridita", un sitio donde lo más típico es el daiquirí como el que me estoy tomando. Con esto y poco más se acaba el día. En dos o tres días iremos a Varadero (lo de ir a Santa Clara nos lleva dos días según hemos preguntado así que lo descartamos. Pero mañana, más Habana.

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